Injerencias: siete días encerrado para reencontrarme con la materia
Hay decisiones que se toman desde la cabeza y otras que se toman desde un sitio más profundo. Encerrarme una semana en una galería de Madrid, sin teléfono, sin dispositivos, sin ventanas al mundo, fue de las segundas. No fue un capricho ni una performance pensada para hacer ruido. Fue una necesidad: bajar el volumen de todo lo demás para poder oír, por fin, lo que la materia tenía que decirme.
Este es el origen de Injerencias, el proyecto que desarrollé del 22 al 28 de marzo de 2026 en Galería Nueva (calle Valencia, 17, Madrid), de la mano de Malvin Gallery, y cuya exposición resultante pudo verse hasta el 19 de abril.
El punto de partida: parar para crear
Llevo años trabajando con metal. El acero ha sido mi compañero de viaje desde mis primeras piezas en la Escuela de Oficios de Albacete, allá por finales de los 80, y ha estado conmigo en cada etapa: en las grandes esculturas urbanas que recorrieron Broadway, en las figuras alzando la mano que llenaron las plazas del Barrio de las Letras, en las intervenciones de Pamplona, en los proyectos de Albacete. Pero llega un momento en el que uno necesita pararse y preguntarse: ¿qué pasaría si me quito todo lo que ya sé y vuelvo al gesto más simple?
De esa pregunta nace Injerencias. Una propuesta deliberadamente radical: una semana viviendo dentro del propio espacio expositivo, completamente desconectado del exterior, sin móvil ni distracciones digitales, dedicado en exclusiva a producir las piezas que después formarían parte de la muestra.
No iba a salir. No iba a hablar con nadie. No iba a saber qué pasaba fuera. Solo el metal, las herramientas, el tiempo y yo.
Limitarse para poder decir más
La premisa era doble: aislamiento y limitación material. Todas las esculturas partirían del mismo punto de partida: chapas de acero idénticas en su estado inicial, gracias a la colaboración de Albasistemas, que aportó tanto el material como sus procesos. A partir de ahí, cada pieza tendría que abrirse paso desde el mismo origen, transformándose mediante un trabajo directo, sin atajos ni recursos adicionales.
Suena restrictivo, y lo es. Pero la limitación, cuando es buscada, no encadena: libera. Cuando todas las piezas comparten un mismo arranque, lo que las distingue ya no son los recursos, sino la decisión, el gesto, el tiempo invertido en cada una. La materia se convierte en territorio común y la diferencia la pone el momento concreto en que la atravieso.
Quería comprobar qué ocurre cuando un escultor solo tiene tres cosas: el tiempo, la materia y a sí mismo.
Cómo se vive una semana sin tiempo medido
El primer día fue raro. Uno cree que está acostumbrado al silencio, pero el silencio del estudio en Albacete es muy distinto al silencio de una galería en pleno centro de Madrid donde no puedes salir. Los primeros sonidos a los que te enfrentas son los tuyos: la respiración, los pasos, el roce de la herramienta contra la chapa.
Sin teléfono, los días dejan de tener la forma habitual. No hay mensajes que contestar, no hay scroll a media tarde, no hay esa sensación constante de estar a un clic de cualquier otra cosa. El tiempo se vuelve denso, casi físico. Las horas se miden por lo que va apareciendo en la chapa, no por lo que marca el reloj.
Y entonces ocurre algo muy concreto: el ruido mental baja. Empiezan a aparecer ideas que llevaban tiempo agazapadas, gestos que en el día a día normal se tapan con prisas. La concentración deja de ser un esfuerzo y se convierte en el estado natural. Comprendí, viviéndolo, lo que ya intuía: el aislamiento no es solo ausencia de gente, es presencia de uno mismo.
El diálogo entre la quietud y el gesto
El título, Injerencias, no es casual. Toda la semana fue una negociación entre la quietud del entorno y la energía del acto creativo. Entre el espacio detenido de la galería y el movimiento brusco de doblar, cortar, soldar, marcar. Entre lo que la materia traía consigo y lo que yo necesitaba meterle por la fuerza.
Cada pieza se "injirió" en la chapa. Y la chapa, a su vez, se injirió en mí. En esa fricción es donde apareció el lenguaje nuevo.
Las obras resultantes mantienen una memoria conceptual de lo que he venido haciendo —el gesto humano, la presencia, la verticalidad— pero abren una etapa diferente, más abstracta, más esencial. Algunas se disponen sobre bases, otras forman conjuntos escultóricos, otras se adhieren a la pared o quedan suspendidas en el espacio. Quería que la propia exposición fuese una conversación: piezas que se llaman entre sí, que comparten origen pero discuten en altura, en posición, en intensidad.
La inauguración: el primer aire del exterior
El 28 de marzo, a las 12:00, se abrieron las puertas. Fue, sin exagerar, uno de los momentos más extraños y bonitos que he vivido como artista. La gente entró y se encontró, a la vez, con dos cosas: las piezas terminadas y al autor recién salido del encierro. No hubo distancia entre el proceso y la obra. La obra todavía olía a proceso.
Esa simultaneidad —el final del aislamiento coincidiendo con la apertura de la muestra— era parte del proyecto desde el principio. Quería que el visitante no viese piezas ya digeridas por el tiempo y por la promoción, sino piezas que acababan de existir.
Lo que me llevo de Injerencias
Salí con una serie nueva de obras, sí. Pero también con otras certezas:
Que la limitación, lejos de empobrecer, afila. Que el aislamiento no es huida, sino una herramienta de observación brutalmente honesta. Que el acero, después de tantos años, todavía tiene cosas que decirme si estoy dispuesto a callarme yo. Y que muchas veces lo más difícil no es producir, sino dejar de hacer todo lo demás para poder producir.
Injerencias marca el inicio de una etapa nueva en mi trabajo, basada precisamente en esos dos pilares: la limitación material como método y el aislamiento como herramienta de concentración. No será la última vez que me encierre. Hay todavía mucho metal, mucho silencio y mucha pregunta por delante.
"Injerencias" se desarrolló en Galería Nueva (calle Valencia, 17, Madrid) del 22 al 28 de marzo de 2026, con la organización de Malvin Gallery y la colaboración material de Albasistemas. La exposición pudo visitarse hasta el 19 de abril de 2026.